El 10 de Mayo de 1933 el partido nazi confirmó que un lector
inspira respeto y temor, pero los autores producen terror, este día quedó
marcado y vaya que durante el régimen fascista existen infinidad de días para
recordar.
Una multitud conformada en su mayoría por estudiantes
universitarios hicieron una montaña de libros, con autores como Heinrich Mann, Erich María Remarque o Heinrich
Heine. Estaban tirados en el piso de Opernplatz de Berlín siendo testigos mudos de un acto de “rebelión”
que décadas después sería recordado y formará parte de la historia universal. “Hemos
dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entregó todo lo que lo representa al fuego” (Herbert Gutjahr líder estudiantil
nacionalsocialista).
Se podría decir que
este movimiento fue otro “acierto” de Goebbels (ministro de Propaganda del
régimen). Porque ese mismo día en todas la universidades se emuló este acto y ardieron
miles de libros que iban en contra del “pensamiento Alemán”.
Pero el evento
central fue el desarrollado en Opernplatz pues fue transmitido por el radio, se
hicieron presentes muchos alemanes orgullosos presumiendo sus uniformes militares
iluminados por las llamas de la hoguera intelectual, “Hombres y mujeres de
Alemania, la era del intelectualismo judío está llegando a su fin y la
consagración de la revolución alemana le ha dado paso también al camino
alemán”. (Joseph Goebbels).
Muchos escritores y
poetas que habitaban ahí no se opusieron, es entendible, no había manera, solo
lamentaron en silencio ese acto abominable en contra de la literatura. Fueron
muchos autores los afectados en esa “guerra” que en términos físicos perdieron
pero en realidad vencieron firmemente porque los adoctrinados no pudieron
argumentar y su única opción fue destruir sus obras.

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